Vía Muy Interesante
miércoles, 29 de octubre de 2014
¿Cuántas tribus aisladas quedan en el planeta?
Vía Muy Interesante
Descubierto un mecanismo molecular que regula la sensibilidad térmica
El Instituto de Neurociencias ha liderado un estudio, publicado en Cell Reports, que describe cómo se regula la sensibilidad térmica. El hallazgo puede abrir nuevas vías terapéuticas para enfermos con patologías relacionadas con la hipersensibilidad a la temperatura.
Fuente: Noticias
Las hembras de rana modifican el desarrollo de sus crías según la fecha de reproducción
El calentamiento global está modificando la reproducción de plantas y animales, acelerando de forma notable la fecha en la ocurren este y otros procesos vitales. Un estudio de la Universidad de Uppsala (Suecia), en el que participa el investigador español Germán Orizaola, ha descubierto que algunos anfibios son capaces de hacer que sus crías crezcan a mayor velocidad si su nacimiento se retrasa por el clima.
Fuente: Noticias
Un experimento con ratones revela que los ratones se dejan hacer de todo
Vía El Mundo Today
Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (IV)
Completamos esta serie de artículos sobre la moral y de cómo la ciencia puede ofrecer una moral de mejor calidad con este último artículo en el que repasamos la evolución histórica de la moral, y la forma en que tales avances se han producido: a golpe de razonamientos lógicos, evidencias y legislación.
El Leviatán
La dirección histórica de la moralidad en las sociedades modernas se caracteriza por el alejamiento de la comunidad y la autoridad, aproximándose cada vez más a una organización racional-legal que castigue a los infractores, una suerte de Leviatán que garantice una moralidad utilitarista cuyo objetivo sea procurar el máximo bien para el mayor número de personas. Tal y como explica Steven Pinker:
Recordemos que fue el utilitarismo de Cesare Beccaria lo que condujo a un replanteamiento del castigo penal, alejándolo del puro deseo de venganza y acercándolo a una política calibrada de disuasión. Jeremy Bentham se valió del razonamiento utilitarista para debilitar las racionalizaciones que justifiaban el castigo de los homosexuales y el maltrato de los animales, y John Stuart Mill, para hacer una primera defensa del feminismo.
La moral utilitarista, aunque la dejáramos en manos de un algoritimo perfecto ejecutado fríamente por una computadora, jamás podrá desplazar por completo a las intuiciones de la comunidad, la autoridad, el carácter sagrado y el tabú. Y, en algunos casos, eso será bueno: por ejemplo, en muchos momentos de nuestra vida debemos ofrecer una respuesta moral sin tener demasiado tiempo para calibrar todos los datos, y no siempre dispondremos de un órgano rector que nos ofrezca asistencia en casos particulares y cotidianos de la interacción humana.
De hecho, en términos generales, la moral personal con la que obramos diariamente suele ser más irracional e incoherente que racional y poderada, porque se ve poderosamente influida por el contexto y por los niveles hormonales (por ejemplo, un hombre será más permisivo a la hora de tener sexo con una menor si está excitado que si no lo está). Por ello, la parte automática y visceral de la moral resulta ineficiente para muchos casos, y resulta tan alambicada como un jungla panameña, tal y como demostraron los psicólogos de la universidad de Yale Hugh Harsthorne y Mark May: después de investigar a 10.000 escolares a los que se les ofreció la oportunidad de mentir, engañar y robar en una diversa variedad de situaciones, no se obtuvo ningún patrón, tal y como explica David Brooks en su libro El animal social:
La mayoría engañaba en unas situaciones pero no en otras. Su índice de engaño no guardaba relación con rasgos mesurables de la personalidad ni evaluaciones de razonamiento moral. En investigaciones más recientes se ha observado el mismo patrón general. Alumnos rutinariamente deshonestos en casa no lo son en la escuela. Personas que son valientes en el trabajo pueden ser cobardes en la iglesia. Los que se comportan con amabilidad en un día soleado pueden ser crueles al día siguiente, cuando está nublado y se sienten tristones.
¿La razón está sobrevalorada?
No obstante, habida cuenta de la cultura popular está volviendo al creacionismo científico y los aforismos vacuos del New Age, y cierta intelectualidad está entronizando el pospodermismo y el relativismo cultural, una moralidad nacida de la razón y de los datos contrastados nos suena a aberración. Porque creemos que la razón, en definitiva, está sobrevalorada, solo se trata de un constructo, una convención.
Pero, si bien es cierto que la intuición guía nuestras interacciones morales cotidianas, también es cierto que muchas intuiciones morales solo lo son en apariencia: en realidad parten de largos razonamientos. Por ejemplo, ante la pregunta si debemos quemar herejes o tener esclavos, no hay estupor moral ni reacción visceral, simplemente estamos respondiendo moralmente a esos hechos porque previamente hemos recibido una larga instrucción racional al respecto, gracias a eternos debates racionales que tuvieron lugar hace varios siglos. No es, por tanto, caprichoso el hecho de que la revolución humanitaria naciera después de la revolución científica y la Ilustración.
A pesar de que algunas técnicas experimentales nos sugieren que instintivamente somos racistas, asociando caras blancas y negras a palabras como “bueno” y “malo”, respectivamente, y que los experimentos con neuroimagen que controlan la actividad de la amígdala señalan que muchos blancos muestran pequeñas reacciones viscerales negativas ante los afroamericanos, el razomiento permite que anulemos esos instintos y hayamos cambiado radicalmente en nuestro modo de interaccionar con otra etnia. Porque el razomiento va de la mano del autocontrol, de la proporcionalidad y de la ecuanimidad.
El puro razonamiento puede proporcionarlos un sentido moral más ajustado a la idea de generar el mínimo daño a los demás, aunque a priori no lo parezca, según Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:
¿Tenemos alguna razón para esperar que la racionalidad oriente al razonador hacia el deseo de menos violencia? Por razones de lógica austera, la respuesta es no. Pero no hace falta mucho para pasar al sí. Sólo necesitamos dos condiciones. La primera es que los razonadores se preocupen de su propio bienestar: que prefieran vivir a morir, mantener el cuerpo intacto a tenerlo mutilado, o estar en situación placentera a sufrir dolor. La simple lógica no les obliga a tener estas predisposiciones. Sin embargo, cualquier producto de la selección natural (de hecho, cualquier agente que logre soportar los estragos de la entropía de el tiempo suficiente para que, de entrada, haya razonamiento) las tendrá con toda probabilidad. La segunda condición es que los razonadores formen parte de una comunidad de otros agentes que pueden incidir en su bienestar e intercambiar mensajes y comprender el razonamiento respectivo. Esta suposición tampoco es necesaria desde el punto de vista lógico. (…) Pero la selección natural no habría podido fabricar un razonador solitario, pues la evolución actúan sobre poblaciones, y el Homo sapiens en concreto no es un animal sólo racional sino también social y usuario de un lenguaje.
Evolución moral
No es casual, pues, que en el último siglo se haya producido un progreso moral (con un efecto en el descenso de violencia, amplitud de círculos de empatía que englobe otras etnias y hasta animales, vindicación de derechos de mujeres y homosexuales y un largo etcétera), en definitiva, un meteórico ascenso moral, justo en el siglo en el que más tiempo tenemos para discutir, razonar, informarnos, conectar con los otros, evaluar las posiciones contrarias. Hace apenas un siglo, era raro que el dueño de un perro no tratara a su mascota como un simple objeto a su servicio. La esclativud está a la vuelta de la esquina, e incluso fue defendida por intelectuales de gran talla. Theodore Roosevelt escribió que en nueve de cada diez casos “los únicos indios buenos son los indios muertos”.
Por un lado, porque la moralidad estaba más asociada al corazón, al pálpito, que al cálculo racional; y en segundo lugar porque los intelectuales de talla eran escasos, y ahora disponemos de muchas más mentes que nunca que tienen tiempo para ponderar en su tiempo libre, cada vez más amplio. Pero, para ser justos, el tiempo libre no fue el único factor que permitió ampliar nuestro tiempo de razonamiento moral. También hay que sumar la alfabetización (la lectura de otras opiniones y de otros razonamientos), la urbanización (convivencia masiva), la movilidad (conocimiento de otras realidades e intercambio de bienes y servicios) y el acceso a los medios de comunicación (aldea global). Todo ello añade nuevos datos a nuestros enjuiciamientos morales, más datos variopintos que nunca antes en la historia de la humanidad.
El último paso es dotar de coherencia, jerarquía y explicación guiada nuestras sentencias morales mediante la asistencia del razonamiento de buena calidad y de la obtención de datos objetivos (o con menos carga ideológica) que proporciona la ciencia. De este modo no solo seremos más capaces de ponernos en la piel de otros, sino de observar el panorama moral desde un punto de vista más elevado y general, y por tanto no solo podremos operar nosotros con semejante moral, sino otras comunidades de pensadores que valoren sus propios intereses de la misma forma justificada que lo hacemos nosotros, armonizando la moral general, tal y como concluye Pinker:
La escalera mecánica de la razón tiene una fuente exógena adicional: la naturaleza de la realidad, con sus relaciones lógicas y sus hechos empíricos, que son independientes de la estructura psicológica de los pensadores que intentan captarlos. Como los seres humanos han perfeccionado las intuiciones del conocimiento y la razón y eliminado supersticiones e incoherencias de sus sistemas de creencias, tarde o temprano se sacan algunas conclusiones, igual que, cuando uno domina las leyes de la aritmética, al final seguro que salen sumas y productos. (…) Informes cuidadosamente razonados contra la esclavitud, el despotismo, la totura, la persecución religiosa, la crueldad con los animales, la severidad con los niños, la violencia contra las mujeres, las guerras frívolas o la persecución de los homosexuales no eran sólo palabras vanas, sino mensajes que influyeron en las decisiones de las personas e instituciones que prestaron atención a las polémicas y pusieron en práctica las reformas.
En definitiva, podemos esperar que el ser humano, medio ciego y medio manipulado por sus sesgos, construya una moral convivencial aceptable, pero solo los buenos datos nos proporcionará, a través de la educación, un modo más sofisticado de moralidad, captando los matices donde los haya, así como las regularidades. A través de la educación se propagará este tipo de moral, y con la fuerza de las leyes, se mitigarán los que no sepan llevarla a cabo o no la comprendan.
Imagen | geralt
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La noticia Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (IV) fue publicada originalmente en Xataka Ciencia por Sergio Parra .
Vía Xataka Ciencia
Libros que nos inspiran: 'Conectados por la cultura', de Mark Pagel
Mark Pagel es uno de los más reputados biólogos evolucionistas, y su libro Conectados por la cultura trata de eso precisamente: de explicar al ser humano desde un punto de vista biológico, evolutivo y psicológico. Desde nuestra tendencia a la socialización hasta nuestra tendencia a crear mitos y religiones.
Desde esta óptica, la historia de la civilización ofrece una visión totalmente distinta a la tradicionalmente contada. Eso sí, no esperéis encontrar aquí teorías revolucionarias ni polémicas: Conectados por la cultura se parece bastante a otros libros sobre el mismo tema, y las diferencias solo las podemos encontrar en pequeños matices. Con todo, el libro nos ha inspirado para escribir algunos artículos:
El individuo es tonto y la gente es más tonta aún: cómo gestionar la tontería generalizada.
Los chinos que eran menos propensos al alcoholismo.
¿Por qué no nos vamos sin pagar?
- 448 páginas
- 14,0 x 21,3 cm
- RÚSTICA
- ISBN 9788490066522
- Sello Editorial / Colección RBA DIVULGACIÓN
- Fecha de publicación 26/04/2013
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Vía Xataka Ciencia
Tortuga se traga un collar en forma de tortuga
Vía Curiosidades
Batería que recarga en 2 minutos y vida útil de 20 años
Un equipo de investigación de la Universidad tecnológica de Nanyang en Singapur han conseguido un gran avance que permite un gran futuro las baterías de los coches eléctricos.
Vía Noticias de Ecoportal
El pie izquierdo de una mujer reemplaza su rodilla
Vía Curiosidades
Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (III)
Seguimos con esta serie de artículos sobre moral en general, y sobre el aborto en particular, para profundizar un poco más en cómo los buenos datos proporcionan una moral más sólida y, con ello, unas leyes más justas y beneficiosas para todos.
Juicio
Hace apenas un puñado de generaciones, cuando debíamos inclinar nuestra balanza hacia el “culpable” o “inocente” nos dejábamos llevar exclusivamente por lo que intuíamos. Si alguien de confianza o que pertenecía a nuestro grupo social determinaba que tal o cual persona había cometido un delito, pues era culpable. Las pruebas a favor y en contra, a menudo, se basaban en meras opiniones, en pálpitos, en intuiciones. En comprobar si flotará o se hundirá si tiramos al río a la acusada de brujería. Actualmente, podremos considerar que no somos tan depravados como antaño, pero probablemente las generaciones futuras pensarán lo mismo de nosotros.
La ciencia no solo es un conjunto de datos verificable que puede explicarse cómo funciona y de dónde proviene, y que evita la carga ideológica, también es una forma disciplinada de pensar. Cuando reclamamos un “demuéstramelo” estamos haciendo ciencia, aunque sea a un nivel rudimentario. Es decir, que al implantarse los primeros procesos judiciales, donde se trataba de ofrecer garantías a los acusados en función de las pruebas aducidas, se estaba haciendo ciencia rudimentaria.
La ciencia no puede dictar nuestra moral, pero sin ciencia nuestra moral resulta a menudo ciega e inmadura. Gracias a la ciencia sabemos que las percepciones humanas son falibles, y a menudo se ven influidas por prejuicios otros sesgos, así hemos aprendido a que no es prueba suficiente para enjuiciar moralmente a alguien aunque una, diez o cien personas aseguren que un afroamericano asestó tres puñaladas a una mujer blanca en un apartamento de Nueva York. Cuando el protagonista de la película Doce hombres sin piedad logra convencer a todo el jurado de que está equivocado, de que no podemos afirmar con seguridad que aquel afroamericano adolescente sea culpable de asesinato, en realidad está invocando unas reglas de pensamiento en el que se evita en lo posible el pálpito, la opinión personal; donde nada se da por hecho; donde todo debe demostrarse de forma contundente; donde no importa lo que digan los testigos oculares, sino lo que realmente pasó.
Tecnología moral
El protagonista de Doce hombres sin piedad está haciendo ciencia. Al menos, está haciendo las mismas preguntas que hace la ciencia. Y esas preguntas sirven para que todos los que hace una hora estaban convencidos de que aquel afroamericano era culpable, dejen de creerlo. La ciencia no nos dice qué está mal o qué está bien: nos ofrece asideros para alcanzar un juicio más certero al respecto.
De acuerdo, frente un asesinato todos estamos convencidos de que es un acto moralmente reprobable: un sólo determinará si ese acto se ha producido o no. ¿Qué pasa con los actos que se muestran ambivalentes? ¿Con los que la mayoría considera reprobables? ¿Con los que la mayoría considera aceptables? Como se ha dicho, las opiniones y las mayorías cuentan poco si no tienen asideros universales en forma de razones lógicas y datos científicos. Imaginemos que una persona quiere matar a su hijo para dañar a su pareja: ¿apelaría a su moral personal para justificarlo? Las leyes articuladas, en ese sentido, sirven para determinar que no. Porque, como decía Jeremy Bentham: "No hay derecho sin ley, ni derecho contrario a la ley, ni derecho anterior a ella".
En lo tocante al aborto, cuando se trata de establecer una línea entre lo que consideramos una ser vivo y consciente o un conjunto de células, lo único que se hace es ofrecer un conjunto de datos contrastados y verificables universalmente para que la mayor parte de la gente disponga de un asidero en el que enjuiciar moralmente un aborto. En otras palabras, para saber si lo que está haciendo es tan malo o tan bueno como intuye que es. Eso, lejos de entorpecer la convivencia, la armoniza: continuarán existiendo ideologías, religiones o posturas ajenas a esos datos, pero mucha más gente dispondrá de más líneas maestras en los que fundar sus argumentos morales, lo que unificará tales argumentos, al menos en algunos puntos. Y, sobre todo, nos permitirá articular leyes que de la forma más objetiva posible determinen qué merece castigo civil o penal o qué no.
A nivel filosófico, no sabemos si un afroamericano que apuñala a una mujer blanca es culpable (¿acaso no es culpable también la sociedad, el contexto, etc.?), pero hasta que dispongamos de herramientas más precisas para evaluar tales detalles más complejos (quizá una futura tecnología moral que permita ahondar en el interior del cerebro), en aras del pragmatismo, debemos tomar decisiones jurídicas y manifestar posicionamientos morales. El objetivo es que tales decisiones y posicionamientos evolucionen (hallando más matices, más cosas que nos pasaban desapercibidas) a medida que afinemos nuestra capacidad de recoger datos y evaluarlos. Una capacidad que solo puede mejorarse a través del pensamiento disciplinado y la ciencia.
Algo que desarrollaremos en la siguiente parte de esta serie de artículos, repasando la evolución moral a nivel histórico.
Imagen | succo
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La noticia Cuando la moral es mejor que emane de la razón y de la ciencia y no del corazón (III) fue publicada originalmente en Xataka Ciencia por Sergio Parra .
Vía Xataka Ciencia