sábado, 17 de marzo de 2018

Reducir el riesgo de glaucoma bebiendo té caliente todo los días

Las personas que beben té caliente todos los días tienen menor riesgo de sufrir glaucoma, una afección ocular bastante común en la población de mayor edad que puede provocar la pérdida de visión, según los resultados de un nuevo estudio.

La GRF (Glaucoma Research Foundation) recomienda que las personas con mayor riesgo de desarrollar glaucoma, sobre todo los de ascendencia africana mayores de 35 años y todas las personas mayores de 60 años, se hagan un examen ocular con la pupila dilatada cada uno o dos años.

¿Causalidad?

Un equipo de científicos de la Universidad Brown en Providence, Rhode Island y la Universidad de California en Los Ángeles (EE. UU.) han decidido comparar cómo el consumo de varias bebidas, incluido el té caliente, influye en el riesgo de glaucoma, descubriendo que los participantes que bebían té caliente todos los días tenían un 74% menos de riesgo de desarrollar glaucoma que aquellos que no lo hicieron.
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Dado el tamaño muestral del estudio es prematuro afirmar tajantemente que existe un vínculo causal entre té y evitación del glaucoma, pero los autores del estudio tienen un gran optimismo al respecto:

El té contiene fitoquímicos y flavonoides, que se ha observado que tienen propiedades antiinflamatorias, anticancerígenas, antioxidantes y neuroprotectoras asociadas con la prevención de enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes. Con todo, se necesita más investigación para establecer la importancia de estos hallazgos y si el consumo de té caliente puede desempeñar un papel en la prevención del glaucoma

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La noticia Reducir el riesgo de glaucoma bebiendo té caliente todo los días fue publicada originalmente en Xataka Ciencia por Sergio Parra .



Vía Xataka Ciencia

Sí, eres tan insoportable como los demás

Dispute 1959751 960 720 A menudo me descubro a mí mismo, cual misántropo Ebenezer Scrooge que soy, rezongando por la estulticia de la gente que ya no solo me rodea sino que se digna a hablarme, de la oligofrenia de los ciclistas de carretera, del gregarismo de quienes hacen cola para ver el blockbuster que yo también quiero ver, de que las cafeterías se conviertan en guarderías a partir de las cinco de la tarde, de los ruidos del vecino, las charlas vocingleras de mis familiares, en fin, odiándolo todo y a todos.

Sin embargo, todo este rechazo a lo ajeno y querencia por lo propio emana de un profundo sesgo egoísta y egocéntrico. Porque probablemente yo también provoque en los demás los mismos o similares problemas.

Ceguera ante lo propio

Cuando criticamos a los demás enseguida se nos llena la boca de sapos y venablos. Nos complace comentar "oye, te has equivocado aquí", "esto no se escribe así", "no tienes ni idea de nada", "yo lo haría mejor que tú". Somos persistentes balizas morales para los demás.

Sin embargo, cuando nos critican a nosotros, nos ponemos a farfullar a la defensiva, algo que nos parecería ciertamente ridículo si lo hicieran los demás. Detectamos con mucha facilidad los patrones negativos de los demás, pero si las críticas se refieren a nosotros entonces nos oponemos a la generalización y exigimos ejemplos concretos (cada uno de los cuales podemos justificar): "¿cuándo hago yo eso?" "Sí, quiza´lo hice en ese momento, pero no me arrepiento, porque..."

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Somos capaces de admitir nuestros defectos si sacamos nosotros el tema, en otro momento, en otra conversación, pero no justo cuando nos están fiscalizando. Y, si bien a veces admitimos una pequeña parte de la crítica que nos vierten, nos sumimos resoplando en la indignación cada vez que se menciona. Ello tiene cierto sustrato evolutivo, como explica Derren Brown en su libro en Érase una vez... una historia alternativa de la felicidad:

Vivir rodeado de gente es un asunto vulnerable, y el temor a la exclusión nos atenaza profundamente, obsesionándonos sin duda desde tiempos prehistóricos en los que ese rechazo implicaba la falta de protección vital y una muerte segura. Sospechar que nuestros iguales han identificado nuestras debilidades es algo perturbador. Esos relatos entran de nuevo en juego: podemos tener justificaciones complejas sobre por qué no bailamos en las bodas; el simple hecho de que nos digan que somos "aburridos" nos golpea negativamente, y nuestro impulso inicial es devolver el golpe.

La verdad del asunto es que, en esencia, todos somos muy similares, tanto en lo bueno como en lo malo. Y peor aún: en las mismas condiciones psicológicas y mismo contexto de los demás, actuaríamos probablemente igual. Así pues, si alguien es grosero con nosotros, o nos irrita de algún modo, quizá deberíamos ser conscientes de que esa persona tambien acarrea su propia carga. Séneca lo resumió muy bien:

Si hemos de ser justos de todo lo que sucede (...) no es justo culpar a un individuo por un defecto común a todos los hombres. Todos somos inconsiderados e imprevisores, irresolutos, susceptibles, ambiciosos: ¿a qué ocultar con palabras suaves la llaga pública? Todos somos malos. Así, pues, cada cual encuentra en su propio corazón aquello mismo que reprende en otro.

Sea como fuere, en aras del pragmatismo y la convivencia, quizá deberíamos evitar enredarnos en pensamientos demasiado destructivos sobre los comportamientos ajeno, soltar lastre, y simplemente ir a lo nuestro, relativizando un poco más. De esta manera, además, nos evitaremos sofocos cuando viajemos a un paraíso virgen o una gran monumento situado en algún lugar muy remoto y descubramos que está saturados de turistas gregarios. En el fondo, nosotros estamos contribuyendo a ser uno más de esos turistas gregarios.

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Vía Xataka Ciencia

Libros que nos inspiran: 'El arte de perder el control', de Jules Evans

Portada 201712122327 Vivimos en una época donde las decisiones racionales tienen más valor que las impulsivas, donde tomar conciencia de uno mismo y de sus actos es mejor que no hacerlo, donde la sobriedad es más madura que la ebriedad y el descontrol. Sin embargo, el descontrol y el éxtasis también pueden ser importantes para nuestras vidas.

Ésa es la tesis que defiende Jules Evans, investigador del Centre for the History of Emotions, perteneciente a la Queen Mary University de Londres, en su libro El arte de perder el control.

Descontrol

Mezclando historia, filosofía y neurociencia, Evans hace un recorrido sobre las distintas formas de descontrol a las que podemos acogernos, desde la ingesta de drogas enteógenas hasta escuchar música decibélica. Todos nosotros buscamos abandonar nuestro Yo de diversas formas, incluso cuando leemos una novela o vemos una película. Y parece que una de las claves para una mente saludable es hacerlo regularmente.

De esta forma no damos tanta importancia a nuestras zozobras, sentimos más empatía por los demás, y nos sentimos más parte del todo y menos parte de uno mismo.

Sin duda, es una visión bastante novedosa de todos estos asuntos y, solo por ello, merece una atenta lectura. Y, naturalmente, también ha sido fuente de inspiración para Xataka Ciencia en: El psicólogo que sufrió un trastorno que le hizo escribir una 'biblia' en una semana.

Desde la época de la Ilustración, la cultura intelectual en Occidente ha rechazado las experiencias extáticas por considerarlas producto de la ignorancia o el engaño. Pero hay mucho que decir de esos momentos en que perdemos el control, cuando nos rendimos a algo superior a nosotros, incluso si eso significa ir más allá de la racionalidad crítica. Evans argumenta que esa visión negativa del éxtasis reduce nuestra realidad y nos niega unas posibilidades de sanación, conexión y sentido que este tipo de experiencias son capaces de procurarnos. Equilibrando narrativa personal, entrevistas y lecturas de filósofos antiguos y modernos, desde Aristóteles a Platón, los místicos orientales, los festivales de música o la misma psicodelia, El arte de perder el control es una guía fascinante, divertida y emocionante de las diferentes formas en que podemos experimentar el éxtasis y cómo puede motivarnos, sanarnos y liberarnos.

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Vía Xataka Ciencia

El psicólogo que sufrió un trastorno que le hizo escribir una 'biblia' en una semana

Book 3005680 960 720 David Lukoff se tomó un ácido por primera vez en su vida. Estaba en San Francisco, epicentro contracultural. Había llegado hasta allí haciendo autoestop después de abandonar, con veintitrés años, sus estudios de doctorado en Harvard. Era 1971.

Cuatro días después, al despertar, se miró en el espejo y comprobó que su mano derecha estaba en la posición clásica del budismo de la mudra. Justo en ese instante sintió que era la reencarnación de Buda. Y también la de Jesús. ¿Qué le pasaba en la cabeza?

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Escribiendo la Biblia

David estaba sufriendo un trastorno aún no diagnosticado. Y éste le impulsó a llevar a cabo una misión: escribir un nuevo libro sagrado. Durante una semana trabajó sin descanso en concebirlo, en un estado de arrebato, tal y como explica Jules Evans en su libro El arte de perder el control:

Al concluir su revelación, de cuarenta y siete páginas, encargó varias copias y empezó a repartirlas desde una esquina de Berkeley. En el transcurso de los dos meses siguientes su certeza mesiánica empezó a decaer. Seguía estando seguro de haber escrito la obra de un genio, pero a medida que leía más y se percataba de la escasa originalidad de muchas de sus ideas, también su seguridad empezó a flaquear.

Aquel libro sagrado erea una batiburrillo de ideas prestadas por Buda, Locke, Hobbes, Jung y hasta Bob Dylan. Pero dada su formación académica, David quiso saber qué había funcionado mal en su cabeza para embarcarse en aquella aventura tan extraña.

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Nuevo diagnóstico

Hasta ese momento el trastorno que más se parecía a lo que él había sufrido se llama "emergencia espiritual", introducido por los psicólogos transpersonales Stanislav y Christina Grof en 1978. David, sin embargo, quiso ir más allá. Y, tras cursar un doctorado en psicología y tratar a diversos pacientes psicóticos convencidos también de ser Dios o el Mesías, en 1989 logró que se incluyera un nuevo diagnóstico en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), volumen IV. El nombre de este nuevo diagnóstico era "problema religioso o espiritual":

De esta manera, se diferenciaba la psicosis espiritual transitoria, como la que él mismo había experimentado, del diagnóstico clásico de esquizofrenia. Un problema religioso o espiritual era temporal, no un trastorno biológico del cerebro, pero podía implicar rasgos de psicosis tales como un crecimiento desmesurado del ego, detección hipertrofiada del sentido y trastornos de conducta. También podía presentar aspectos positivos, como una mayor sensibilidad para el sentido y la motivación.

Se estima que en España un 19,5% de la población ha tenido algún tipo de trastorno mental. Por consiguiente, resulta inquietante pensar en el número de creencias que han nacido de mentes enfermas, tal y como ha explicado el neurólogo David Eagleman en un libro de Michio Kaku titulado El futuro de nuestra mente:

Parece que una buena parte de los profetas, mártires y líderes de la historia padecieron epilepsia del lóbulo temporal. Pensemos en Juana de Arco, una muchacha de dieciséis años que cambió el rumbo de la Guerra de los Cien Años porque creía (y convenció de ello a los soldados franceses) que oía voces del arcángel san Miguel, santa Catalina de Alejandría, santa Margarita y san Gabriel.

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Vía Xataka Ciencia

viernes, 16 de marzo de 2018

Una técnología española reduce las emisiones y el consumo de los motores diésel un 10%

Un equipo de la Universidad Politecnica de Valencia ha diseñado un nuevo sistema que ayuda a reducir las emisiones contaminantes de los motores diésel y el consumo de combustible hasta un 10%. La clave reside en la incorporación de una nueva tecnología que es capaz de recuperar la energía de los gases de escape recirculados del motor.



Fuente: Noticias

Un mecanismo molecular abre una vía para tratar el Síndrome de Papillon Lefévre

Investigadores de España e Italia han descubierto un mecanismo molecular que podría servir para tratar el Síndrome de Papillon Lefévre, una enfermedad extremadamente rara, que se caracterizada por una grave periodontitis y escamación de la piel y alta susceptibilidad a infecciones.



Fuente: Noticias

Pelearse a través de mensajes de móvil es peor porque reduce la empatía

Internet 3113279 960 720 A pesar de que consideremos que discutir con alguien a través de mensajes de texto (ya sea por smartphone como cualquier chat en internet) es mejor porque no debemos enfrentarnos cara a cara al otro y podemos reflexionar y ponderar lo que vamos a decir, lo cierto es que parece más peligroso.

Básicamente, las interacciones que no se ejecutan cara a cara carecen de la empatía necesaria para ponerse en la piel del otro y comprobar al instante cuáles son los efectos de nuestras palabras o cómo debemos tomarnos las suyas.

Empatía

Un análisis de 72 estudios sugiere que, entre 1979 y 2009, la empatía entre los estudiantes universitarios ha disminuido. Ahora son menos propensos a plantearse las cosas desde el punto de vista del otro y muestran menos preocupación por los demás.

Además, otro estudio sobre chicas adolescentes reporta que éstas casi siempre son desagradables entre sí en las redes sociales.

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Esto podría deberse a que la comunicación entre mensajes, donde se evita la videollamada, es un mal entrenamiento para forjar relaciones maduras, afectuosas y sensibles. Es lo que sostiene Adam Alter en su libro Irresistible haciéndose eco de un trabajo periodístico de Nancy Jo Sales en el que se entrevistó a chicas de entre trece y diecinueve años para entender cómo interactuaban en las redes sociales:

Ella también concluyó que las chicas estaban atrapadas en el mundo de internet, donde aprendían y se enfrentaban a la crueldad, a la hipersexualización y a la agitación social. A veces, las redes sociales o eran más que otra forma de comunicarse, pero para la mayoría de ellas era un camino directo a la angustia.

Este nuevo contexto se está generalizando a gran velocidad. En 2008, los adultos empleaban en su teléfono una media de 18 minutos de su tiempo al día; en 2015, el tiempo aumentó a dos horas y cuarenta y ocho minutos al día. El 80% de los adolescentes miran su smartphone al menos una vez cada hora (y también madrugan más para poder tirarse selfis que puedan ser compartidos en las redes sociales).

Por su lado, los chicos dedican menos tiempo a las interacciones dañinas en internet, pero, en cambio, muchos de ellos invierten mucho tiempo en los videojuegos, que también tienen un componente de interacción social.

Quizá es una visión agorera del asunto. O, quizá, es algo que deberíamos empezar a tener en cuenta.

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Vía Xataka Ciencia

Un sistema portátil para detectar apnea del sueño en pacientes con EPOC

Científicos españoles trabajan desde hace una década en obtener un método más sencillo pero igual de preciso para detectar apnea del sueño y que sea eficaz en pacientes con problemas pulmonares. El sistema se basa en la señal de oximetría de pulso, una prueba no invasiva y de bajo coste, y en un algoritmo que podría simplificar la forma de diagnóstico estándar, que implica pasar una noche en el hospital completamente monitorizado y que es difícil de interpretar.



Fuente: Noticias

¿Cuántas veces puedes chasquear los dedos en un minuto? Este hombre 296 veces

Fotonoticia 20170221115609 644 Silbar y chasquear los dedos deben de ser dos de los reclamos auditivos más comunes entre la gente y que, sin embargo, requieren de una práctica inicial (como montar en bicicleta) cuando somos pequeños. Quizá, por ello, resulta un reto fascinante que, una vez aprendido, se repite sin parar.

El siguiente nivel lo consiguió este japonés: en solo sesenta segundos fue capaz de chasquear sus dedos 296 veces, como podéis ver en el siguiente vídeo.

Un récord mundial

Satoyuki Fujimara logró este hito inane en el plató de televisión del programa Tantei! Knigthscoop, en Osaka, Japón, el 23 de diciembre de 2016.

Este universitario de Osaka, al parecer, aprendió este truco de su madre a los 15 años. Fujimura acudió a un programa de televisión japonesa llamado Tantei! Knightscoop para intentar batir el récord de 278 chasquidos que estaba en poder del sueco Jens Gudmandsen. Y al conseguirlo, ha podido entrar en Libro Guinness de los récords.

Con todo, es una cifra de chasquidos pequeña si la comparamos con los repiqueteos que puede ejecutar un bailarín de claqué con sus zapatos. Ese récord lo ostenta Anthony Morigerato, de Estados Unidos, al alcanzar 1.163 repiqueteos en solo un minuto en el ámbito de la escuela de danza Eleanor de Albany, Nueva Yorks, el 23 de junio de 2011.

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Éste es el nuevo órgano del cuerpo humano que fue identificado en el año 2016

 93216409 Mesenterio Un órgano es una agrupación de diversos tejidos que forman una unidad estructural que tiene una función determinada en el seno de un organismo pluricelular.

El cuerpo humano está formado básicamente por 21 órganos: el cerebro, la lengua, los oídos, los ojos, los pulmones, el corazón, el timo, el estómago, el hígado, los riñones, el páncreas, el bazo, el pene, el clítoris, los testículos, el útero, la próstata, la vejiga, los huesos, los músculos y la piel. Sin embargo, la lista se va actualizando hasta el punto de que en el año 2016 se identificó uno nuevo.

Mesenterio

El mesenterio, que conecta el estómago con los intestinos y mantiene en su lugar al sistema digestivo inferior, es la estructura más reciente del cuerpo humano que se ha clasificado como un órgano. De este modo, la lista total de órganos asciende a 79.

En las publicaciones del cirujano irlandés J. Calvin Coffey, de la Real Facultad de Cirujanos de Irlanda, y del doctor Peter O´Leary, en The Lancet Gastroenterology y Hepatology en noviemre de 2016, se cataloga al meseterio como un órgano con funciones propias, aunque se necesitan nuevas investigaciones para identificar su función exacta.

En la actualidad, a pesar de las polémicas de que sea o no un órgano en sentido estricto, ya se conocen algunas patologías ligadas al mesenterio. Por ejemplo, de la esclerosis mesentérica, una inflamación seguida de fibrosis.

Su estudio, señalan los expertos, puede ser clave para entender mejor algunas enfermedades abdominales y digestivas y para revisar los tratamientos vigentes.

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